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silla pájaro

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Reinterpretación crítica y libre del “Simurg” (30 pájaros), mito persa narrado por Farid ud-Din Attar en el poemario: “El lenguaje de los pájaros”.

El poema Silla-pájaro es una crítica contra el mito del Simurg: ese pájaro altivo, patriarcal y capacitista que promete iluminación sólo a quienes trepan hasta su trono en lo alto. No escribo para ascender ni para ser aceptado por ningún dios-ave-capacitista que vigila desde arriba. Escribo para dinamitar la montaña. Mi intención es desarmar esa moral de la superación y la pureza, esa espiritualidad meritocrática que exige cuerpos ágiles, autosuficientes, disciplinados y dóciles. Desde mi cuerpo disca, desde la silla que no sube montañas pero inventa vuelos terrestres, rebeldes y sensuales, reescribo al Simurg para arrancarlo de las garras de la masculinidad divina y del mandato bípedo que decide quién puede volar y quién debe arrastrarse.

Este poema no busca elevarse ni abandonar el cuerpo; al contrario, lo hunde en su propia potencia política, feminista, queer y crip. Lo defiende como territorio indócil, indisciplinado, profundamente vivo. El Simurg tradicional es un mito de verticalidad: un guardián del orden, una fantasía patriarcal que fabrica jerarquías entre los cuerpos y llama “trascendencia” a la negación de lo vulnerable. Yo lo recupero, lo desgasto, lo quiebro: lo obligo a enfrentar la silla-pájaro, ese artefacto de insurrección que convierte la movilidad en deseo y la dependencia en alianza.

Aquí, el vuelo no es recompensa: es acto político. No es ascenso: es sabotaje. No es iluminación: es incendio. Respondo al Simurg desde una mitología crip, colectiva, amorfa, furiosa, donde los cuerpos no son prueba ni penitencia, sino la única forma posible de verdad. Este poema no pide volar: exige que el cielo se caiga.

¿Simurg? ¡Pájaro guardián! ¿Estás ahí?
¿Vos sos el Simurg?
¿Vos… o vos?
¿Alguien lo ha visto?

Dicen que el Simurg es un pájaro que habita en lo alto,
un ave de edades infinitas, guardián de semillas, plumas y destinos.

Para mí, habita también en este esqueleto que me sostiene,
en este armazón metálico convertido en pluma,
en este cuerpo que rehace el cielo a su manera.

Aquí, rodeado de abstinentes alados,
lo que cuento quizá les resulte risueño, pero es real.
Obvio que no faltará quien me desplume
o me confunda con una gallina.

Mi silla es un pájaro,
y los pájaros no hablan tu lengua bípeda.
Entonces, ¿cómo podré saber el nombre de las cosas,
de los colores, de las flores?

Desde esta silla-pájaro
he visto secar la tierra tantas veces.
También vi morir el amor que ella me juraba,
que ella me prometía,
hincada en los pozos de la cama.
¿La guardaré, acaso, en el museo emocional
de mi corta existencia imbípeda?

Donde hay alas, otros sólo ven ruedas.
Ruedas que no rozan el suelo,
que atraviesan los aires invisibles de la memoria.
Ruedas que me llevan, como un cuerpo olvidado,
hacia la montaña imposible.

Simurg, ave errabunda, silla-pájaro:
¡Esta casa es una clínica!
¡Volá, silla, volá!
¡Volá sobre esta ciudad-pozo!
¡Volá, volá!
Cruzá calles,
yermos de piernas ambiciosas.
¡Volá, volá, volá!
Pero la silla tiene otro vuelo.
El cuerpo tiene otro tiempo:
el tiempo de mis cosas.

¡Simurg!
Las semillas te nombran.
Las plumas traen la lluvia rodante.
Coman de mis semillas, coman.
Duerman bajo mis alas, duerman.
¡Hay que rebelarse contra todo bípedo implume!
¡Los árboles son la casa de los abandonados!
¡Ahí van, allí están!
¡Treinta son las sombras que rompen las nubes con su vuelo!
¡Esos pájaros somos nosotros mismos!

La silla y el Simurg son lo mismo:
un pájaro múltiple,
un cuerpo colectivo,
un vuelo que atraviesa la frontera
entre lo que es y lo que puede ese cuerpo.

Silla-cielo,
silla-tierra.
Allí, en la altura donde los pájaros se reconocen,
descubro que yo soy el ave que buscaba.

Isma Rodríguez 

Reinterpretación crítica y libre del “Simurg” (30 pájaros), mito persa narrado por Farid ud-Din Attar en el poemario: “El lenguaje de los pájaros”.

El poema Silla-pájaro es una crítica contra el mito del Simurg: ese pájaro altivo, patriarcal y capacitista que promete iluminación sólo a quienes trepan hasta su trono en lo alto. No escribo para ascender ni para ser aceptado por ningún dios-ave-capacitista que vigila desde arriba. Escribo para dinamitar la montaña. Mi intención es desarmar esa moral de la superación y la pureza, esa espiritualidad meritocrática que exige cuerpos ágiles, autosuficientes, disciplinados y dóciles. Desde mi cuerpo disca, desde la silla que no sube montañas pero inventa vuelos terrestres, rebeldes y sensuales, reescribo al Simurg para arrancarlo de las garras de la masculinidad divina y del mandato bípedo que decide quién puede volar y quién debe arrastrarse.

Este poema no busca elevarse ni abandonar el cuerpo; al contrario, lo hunde en su propia potencia política, feminista, queer y crip. Lo defiende como territorio indócil, indisciplinado, profundamente vivo. El Simurg tradicional es un mito de verticalidad: un guardián del orden, una fantasía patriarcal que fabrica jerarquías entre los cuerpos y llama “trascendencia” a la negación de lo vulnerable. Yo lo recupero, lo desgasto, lo quiebro: lo obligo a enfrentar la silla-pájaro, ese artefacto de insurrección que convierte la movilidad en deseo y la dependencia en alianza.

Aquí, el vuelo no es recompensa: es acto político. No es ascenso: es sabotaje. No es iluminación: es incendio. Respondo al Simurg desde una mitología crip, colectiva, amorfa, furiosa, donde los cuerpos no son prueba ni penitencia, sino la única forma posible de verdad. Este poema no pide volar: exige que el cielo se caiga.

¿Simurg? ¡Pájaro guardián! ¿Estás ahí?
¿Vos sos el Simurg?
¿Vos… o vos?
¿Alguien lo ha visto?

Dicen que el Simurg es un pájaro que habita en lo alto,
un ave de edades infinitas, guardián de semillas, plumas y destinos.

Para mí, habita también en este esqueleto que me sostiene,
en este armazón metálico convertido en pluma,
en este cuerpo que rehace el cielo a su manera.

Aquí, rodeado de abstinentes alados,
lo que cuento quizá les resulte risueño, pero es real.
Obvio que no faltará quien me desplume
o me confunda con una gallina.

Mi silla es un pájaro,
y los pájaros no hablan tu lengua bípeda.
Entonces, ¿cómo podré saber el nombre de las cosas,
de los colores, de las flores?

Desde esta silla-pájaro
he visto secar la tierra tantas veces.
También vi morir el amor que ella me juraba,
que ella me prometía,
hincada en los pozos de la cama.
¿La guardaré, acaso, en el museo emocional
de mi corta existencia imbípeda?

Donde hay alas, otros sólo ven ruedas.
Ruedas que no rozan el suelo,
que atraviesan los aires invisibles de la memoria.
Ruedas que me llevan, como un cuerpo olvidado,
hacia la montaña imposible.

Simurg, ave errabunda, silla-pájaro:
¡Esta casa es una clínica!
¡Volá, silla, volá!
¡Volá sobre esta ciudad-pozo!
¡Volá, volá!
Cruzá calles,
yermos de piernas ambiciosas.
¡Volá, volá, volá!
Pero la silla tiene otro vuelo.
El cuerpo tiene otro tiempo:
el tiempo de mis cosas.

¡Simurg!
Las semillas te nombran.
Las plumas traen la lluvia rodante.
Coman de mis semillas, coman.
Duerman bajo mis alas, duerman.
¡Hay que rebelarse contra todo bípedo implume!
¡Los árboles son la casa de los abandonados!
¡Ahí van, allí están!
¡Treinta son las sombras que rompen las nubes con su vuelo!
¡Esos pájaros somos nosotros mismos!

La silla y el Simurg son lo mismo:
un pájaro múltiple,
un cuerpo colectivo,
un vuelo que atraviesa la frontera
entre lo que es y lo que puede ese cuerpo.

Silla-cielo,
silla-tierra.
Allí, en la altura donde los pájaros se reconocen,
descubro que yo soy el ave que buscaba.

Isma Rodríguez 

Reinterpretación crítica y libre del “Simurg” (30 pájaros), mito persa narrado por Farid ud-Din Attar en el poemario: “El lenguaje de los pájaros”.

El poema Silla-pájaro es una crítica contra el mito del Simurg: ese pájaro altivo, patriarcal y capacitista que promete iluminación sólo a quienes trepan hasta su trono en lo alto. No escribo para ascender ni para ser aceptado por ningún dios-ave-capacitista que vigila desde arriba. Escribo para dinamitar la montaña. Mi intención es desarmar esa moral de la superación y la pureza, esa espiritualidad meritocrática que exige cuerpos ágiles, autosuficientes, disciplinados y dóciles. Desde mi cuerpo disca, desde la silla que no sube montañas pero inventa vuelos terrestres, rebeldes y sensuales, reescribo al Simurg para arrancarlo de las garras de la masculinidad divina y del mandato bípedo que decide quién puede volar y quién debe arrastrarse.

Este poema no busca elevarse ni abandonar el cuerpo; al contrario, lo hunde en su propia potencia política, feminista, queer y crip. Lo defiende como territorio indócil, indisciplinado, profundamente vivo. El Simurg tradicional es un mito de verticalidad: un guardián del orden, una fantasía patriarcal que fabrica jerarquías entre los cuerpos y llama “trascendencia” a la negación de lo vulnerable. Yo lo recupero, lo desgasto, lo quiebro: lo obligo a enfrentar la silla-pájaro, ese artefacto de insurrección que convierte la movilidad en deseo y la dependencia en alianza.

Aquí, el vuelo no es recompensa: es acto político. No es ascenso: es sabotaje. No es iluminación: es incendio. Respondo al Simurg desde una mitología crip, colectiva, amorfa, furiosa, donde los cuerpos no son prueba ni penitencia, sino la única forma posible de verdad. Este poema no pide volar: exige que el cielo se caiga.

¿Simurg? ¡Pájaro guardián! ¿Estás ahí?
¿Vos sos el Simurg?
¿Vos… o vos?
¿Alguien lo ha visto?

Dicen que el Simurg es un pájaro que habita en lo alto,
un ave de edades infinitas, guardián de semillas, plumas y destinos.

Para mí, habita también en este esqueleto que me sostiene,
en este armazón metálico convertido en pluma,
en este cuerpo que rehace el cielo a su manera.

Aquí, rodeado de abstinentes alados,
lo que cuento quizá les resulte risueño, pero es real.
Obvio que no faltará quien me desplume
o me confunda con una gallina.

Mi silla es un pájaro,
y los pájaros no hablan tu lengua bípeda.
Entonces, ¿cómo podré saber el nombre de las cosas,
de los colores, de las flores?

Desde esta silla-pájaro
he visto secar la tierra tantas veces.
También vi morir el amor que ella me juraba,
que ella me prometía,
hincada en los pozos de la cama.
¿La guardaré, acaso, en el museo emocional
de mi corta existencia imbípeda?

Donde hay alas, otros sólo ven ruedas.
Ruedas que no rozan el suelo,
que atraviesan los aires invisibles de la memoria.
Ruedas que me llevan, como un cuerpo olvidado,
hacia la montaña imposible.

Simurg, ave errabunda, silla-pájaro:
¡Esta casa es una clínica!
¡Volá, silla, volá!
¡Volá sobre esta ciudad-pozo!
¡Volá, volá!
Cruzá calles,
yermos de piernas ambiciosas.
¡Volá, volá, volá!
Pero la silla tiene otro vuelo.
El cuerpo tiene otro tiempo:
el tiempo de mis cosas.

¡Simurg!
Las semillas te nombran.
Las plumas traen la lluvia rodante.
Coman de mis semillas, coman.
Duerman bajo mis alas, duerman.
¡Hay que rebelarse contra todo bípedo implume!
¡Los árboles son la casa de los abandonados!
¡Ahí van, allí están!
¡Treinta son las sombras que rompen las nubes con su vuelo!
¡Esos pájaros somos nosotros mismos!

La silla y el Simurg son lo mismo:
un pájaro múltiple,
un cuerpo colectivo,
un vuelo que atraviesa la frontera
entre lo que es y lo que puede ese cuerpo.

Silla-cielo,
silla-tierra.
Allí, en la altura donde los pájaros se reconocen,
descubro que yo soy el ave que buscaba.

Isma Rodríguez 

hay que rebelarse contra todo bípedo implume. hay que rebelarse contra todo bípedo implume.

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lecturas lisiadas

Jueves 04 de diciembre
A las 18:30 hs
En la Biblioteca Córdoba
En 27 de Abril 375 (Centro)
Entrada libre y gratuita

Ambientación sonora: @cherryla.muvi
Iluminación: @guadaguerrini
Música en vivo: @renbonamici
Producción creativa: @antoalignani
En escena: @isma___rodriguez @giomel_zer @giannamastro_ @larosariia

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